Crónicas de un Suicidio (Parte 2)
18 de febrero
El camino al colegio fue como de costumbre: pasar las mismas casas escuchando las mismas canciones; un pestañear involuntario y al fin de cuentas inconsciente; estoy en mi casa, luego subiendo las escaleras principales… no sé ni qué sucedió.
A causa del mal sueño dormí durante el primer par de clases. Fueron ambas impartidas por el mismo maestro, quien habiendo perdido fe en mi interés hace ya mucho tiempo no se molestó ni en bajarme puntos. Al cabo que recuperé la lucidez, tocaba el examen de educación física en el mismo pastizal que me aterrorizaba pocas horas antes. Traté de no pensar en ello y mi deseo se cumplió cuando mi mente se distrajo por completo por el suculento par de piernas que revelaba la falda de Irene. Por lo general se ve muy bien, ¡pero hoy estaba bruta! Debí verme muy descarado, porque Álvaro me sacó del limbo entre risas y con un buen manotazo en los genitales. Le grité “¡Hijo de puta!” mientras encorvado hacía un gesto entre sonrisa y de dolor.
Durante el calentamiento me sentía un tanto mareado, principalmente por la falta de desayuno. Los trotes fueron lentos, pero regulares. Mi concentración ejerció obligada por la necesidad de contener lo único que albergaban mis intestinos: aire; mientras hacía múltiples series de abdominales.
En la práctica de soccer mi equipo salió perdedor y no oculto haber sido uno de los contribuyentes. Entré sustituyendo a Daniel como a mediados del segundo tiempo (o por lo menos creo que fue por ese tiempo). Antes de eso había estado observando desde la banca a Irene, cuya figura no dejaba de inyectarme las ganas de querer estar a solas en el baño. Sobre el terreno de juego tampoco cesé de estar pendiente de cada vez que volteaba a mirar a otro lado. Fue así que pude por primera vez darme cuenta de los detalles de su cara. Estaba muy arreglada para ser un día con clase de deportes. Me pregunté si valía la pena tanta pintura a detalle sabiendo que en pocas horas el sudor la convertiría en un remolino de escusado. Ahora que lo pienso, Irene vive bastante lejos de la escuela, como a casi una hora; debió haberse levantado temprano para tener el tiempo de darle trato a su aspecto. Irene no es nada fea y para nada le hace falta tanta máscara. No entiendo esa manía de las mujeres bellas de tener que elevar aun más e innecesariamente su ya muy alto nivel de imponencia. ¿Será para opacar a las demás; para qué los hombres veamos a las feas aun más feas? Para muchos la cara es lo último en lo que nos fijamos. Es más fácil llamar la atención con una blusa pegada o una falda corta.




2
